25 mar. 2020

Hoy Platón no sería filósofo, sería Hacker.

Por Mr.Freeman el 25 mar. 2020 con 0 comentarios
¿Alguna vez os habéis planteado que el ámbito de la ciberseguridad se asemeja muchísimo al mito de la caverna de Platón?

En esta alegoría, Sócrates pide a Glaucón (hermano de Platón) que se imagine la siguiente situación: un muro dentro de una caverna. A un lado, prisioneros encadenados; al otro lado, un fuego resplandeciente; y encima del muro, una serie de figuras movidas por personas del mundo exterior. Los prisioneros, quienes en su vida no han visto más que el interior de dicha cueva, viven pensando que las luces y sombras que ven reflejadas en la pared de la misma componen su realidad.
Este no es Platón pero, ¿A que queda bien?

En cierto momento, uno de los prisioneros se libera de sus cadenas y decide escalar la pared. a duras penas lo consigue y, al asomarse, casi queda ciego y cae de nuevo en las tinieblas. Sin embargo, resistió y se dio cuenta que no fue la intensidad de la luz lo que le cegó sino la falta de costumbre a esta por lo que, una vez recuperada la vista, decide avanzar. Más allá de la cueva, descubre que no solo existen luces y sombras sino que estas, a su vez, definen nuevas formas, objetos y personas. Descubre  lo que podría denominarse como: el mundo real. 

Asimilada esta nueva idea, decide volver a la caverna para compartir la experiencia con sus compañeros de encierro e invitarles a conocer la verdadera realidad. Sin embargo, convencerles fue imposible. ¿Por qué? Sus ojos se acostumbraron a la luz y, por tanto, ya no era tan hábil en la oscuridad. El resto de prisioneros, al ver esto, se aferraron a la idea de que le mundo exterior no solo no le había beneficiado sino que, además, le había dañado la vista. Esto no solo provocó que se negaran a acompañarle sino que, ante las insinuaciones de su antiguo compañero, algunos reaccionaron de manera tan agresiva que llegaron a plantearse acabar con la vida de este. Todo ello con tal de seguir viviendo en, lo que para ellos era, su verdadera realidad. 

Vale y... ¿Qué tiene que ver esto con la ciberseguridad?

Pues veréis. Llevamos décadas inmersos en un desarrollo tecnológico que no hace más que crecer. Todas estas nuevas tecnologías han pasado a formar parte de, prácticamente, todos los aspectos de nuestra vida. Está presente en nuestros teléfonos, coches e incluso, en nuestros electrodomésticos. Es por ello que no sería una locura afirmar que todo este ecosistema digital se ha convertido en nuestra cueva. 

Hemos pasado de llevar un ordenador en el bolsillo a confiarle nuestra vida sin reparar apenas, en la información que almacena sobre todos nosotros: quiénes somos, qué o quién nos gusta, cuánto dinero tenemos, en qué lo gastamos, en qué banco lo guardamos y un sinfín de etcéteras.. Sin embargo, gran parte de la sociedad, o no lo ve, o no lo quiere ver. Y la pregunta es ¿por qué? Simple. Porque hemos dejado que nos cieguen. La tecnología se ha desarrollado al mismo tiempo que ha crecido nuestra demanda insaciable. Queremos el mejor teléfono al menor coste posible, las aplicaciones más estéticas y funcionales, el Internet más rápido... lo queremos todo, y lo queremos ya. Mientras tanto, hay una pregunta que, aunque cada vez más, pocos nos hacemos ¿Es que todo esto del avance tecnológico es tan bueno, bonito y barato, aunque no siempre, como lo pintan?

 Como diría Platón: ¿Es esto la pared de la cueva o el mundo exterior? 

Este tampoco es Platón, pero es un plato muy grande

Llevo haciéndome esa misma pregunta seis meses, justo el el tiempo en el que llevo formando parte del que es, en mi opinión, el mejor equipo de hackers que conozco. Cada uno de sus miembros, me recuerda al prisionero que, una vez libre de cadenas, decidió replantearse qué es lo que hay más allá del muro, dando el primer paso hacia el verdadero conocimiento del mundo digital tal y como lo conocemos, con sus luces pero, sobre todo, con sus sombras. No hay día que no me sorprenda su capacidad de analizar si toda novedad es tan cierta y/o segura como nos la venden. No contentos con ello, a menudo por iniciativa propia, deciden asegurarse que efectivamente esto es así, aunque por el camino sea necesario romper alguna cosa que otra.

Por último, no menos importante e igual de relacionado con nuestro mito, el conocimiento, como dirían mis compañeros, es Open Source. Para los noobs como yo, esto significa, por así decirlo que todo el mundo pueden acceder a él y distribuirlo de la forma que consideren conveniente.

Todo ello con un objetivo dual: por un lado insta a los creadores a reparar sus errores que, si no son solventados, pueden causar daño a sus usuarios; y, por otro lado, alertar a la sociedad de cuáles son las consecuencias a las que se expone en caso de seguir confiando en ellos, a ciegas.

El problema, y con esto ya termino, es que al igual que le pasó al iluminado prisionero, el conocimiento, aunque a veces cierto, no siempre desea ser recibido y, por tanto, será negado por muchos y atacado por otros tantos. Esto, amigos míos, se debe a que es más sencillo acomodarse en la ignorancia que aguantar el dolor de reconocer que, el primer paso para abrir la mente al conocimiento, es aceptar nuestra propia ignorancia.

Ahora la pregunta es: ¿Te atreves a ver lo que hay más allá del muro?

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